Después -o antes- me dormí con la radio prendida, y a las 5.34 me desperté por el sonido del teléfono (no los dos celulares, el argento y el pty que están al lado de mi cama, sino el fijo). Me levanté corriendo, fui a buscar el aparato, traté de escuchar si había un mensaje, hasta que volví a escuchar el sonido de un llamado, y ahí me di cuenta de que era un programa de radio, que recibe llamados de los oyentes, y puteé un poco, y me volví a dormir. A las 6 y pico ya estaba mandando mensajitos a Ce., preguntándole si estaban camino a Ezeiza.
La viandita del día: ensalada de tomates, fideos, queso y albahaca, más atún. En el otro táper, restos de la ensalada de ayer, y arroz integral. La compartí con C.G., que se compró comida en Pan y Canela. Hoy no pude resistir, y me compré pancitos.
A las 4, luego de interminables negociaciones sobre horarios y costos, me vino a buscar a la oficina R., el hijo de R., el taxista semi oficial, para llevarme al aeropuerto a buscar a Ce. R(h) resultó ser uno de los conductores fanáticos de Dios que pululan en este país, y comenzó a hablar de la Biblia, de las cargas que llevamos en las espaldas, del origen divino del hombre, etc. Todo esto mientras sonaba una música insoportablemente melosa, con letras también divinas. Yo casi que extrañé a los taxistas fachos de Buenos Aires. Le mandé mensajitos a C., para descomprimir mi situación y reirme un poco. Encima, había tranque, y se largó a llover más que copiosamente. Pensé que no llegábamos, y bufé.
Por la cinta costera, camino a Tocumen.
Finalmente, llegué, y me encontré con Ce. y
tomamos mate y cenamos pizza casera, con cerveza Atlas, y de postre, unos chocolatitos suizos.
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